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martes, 19 de abril de 2011

Norwegian Wood

La memoria es algo extraño. Mientras estuve allí, apenas presté atención al paisaje. No me pareció que tuviera nada de particular y jamás hubiera sospechado que, dieciocho años después, me acordaría de él hasta en sus pequeños detalles. A decir verdad, en aquella época a mí me importaba muy poco el paisaje. Pensaba en mí, pensaba en la hermosa mujer que caminaba a mi lado, pensaba en ella y en mí, y luego volví a pensar en mí. Estaba en una edad en que, mirara lo que mirase, sintiera lo que sintiese, pensara lo que pensase, al final, como un bumerán, todo volvía al mismo punto de partida: yo. Además, estaba enamorado, y aquel amor me había conducido a una situación extremadamente complicada. No, no estaba en disposición de mirar el paisaje que me rodeaba.

Sin embargo, ahora la primera imagen que se perfila en mi memoria es la de aquel prado. El olor de la hierba, el viento gélido, las crestas de las montañas, el ladrido de un perro. Esto es lo primero que recuerdo. Con tanta nitidez que tengo la impresión de que, si alargara la mano, podría ubicarlos, uno tras otro, con la punta del dedo. Pero este paisaje está desierto. No hay nadie. No está Naoko, ni estoy yo. “¿Adónde hemos ido?”, pienso. “¿Cómo ha podido ocurrir una cosa así? Todo lo que parecía tener más valor -ella, mi yo de entonces, nuestro mundo- ¿Adónde ha ido a parar?”. Lo cierto es que ya no recuerdo el rostro de Naoko. Conservo un decorado sin personajes.















Una de las 3 (quizás) mejores novelas que leí en los últimos años fue escrita por uno de los escritores japoneses que más me gusta. Parte de esa extensa camada de escritores japoneses geniales que surgieron en las últimas décadas del siglo pasado. Él es Haruki Murakami, y la novela lleva el nombre de esa hermosa canción beatle del disco Rubber Soul, que se llama Norwegian Wood, con el agregado de -la tristeza nipona- Tokio Blues. Aunque en realidad se llama ノルウェイの森, Noruwei no Mori.

Hasta acá vamos bien. La cosa sigue que esta novela se hizo film (que no vi) y, como casi todos los films, tiene banda de sonido. La música de este film fue compuesta por Jonny Greenwood, el multiinstrumentista de Radiohead (y al disco sí lo escuché).

Watanabe, Naoko y Midori viven una vida apasionada y por muchos momentos excitante y trágica. Todo con el fondo de escena de una tristísima Tokio. La cita que abre este post es una mínima muestra de la belleza de la escritura de Murakami.

La banda de sonido de Greenwood está integrada por 14 composiciones, 11 de ellas incidentales -interpretadas por la BBC Concert Orchestra bajo la dirección de Robert Zieger y por el Emperor Quartet- y 3 canciones bien Greenwood.

Porque sé que los lectores de este blog tienen una fidelidad incomparable y se bancan cualquier cosa vamos a escuchar algo de lo incidental, quizás la musicalización de una de las escenas principales de la novela, y que Greenwood denominó Naoko is dead, o bien, Naoko ga shinda, o mejor, 直子が死んだ.

Maridajes

Cuándo: un día de lluvia o gris

Dónde: en Tokio? No, no creo, en cualquier otro lugar

Cómo: dejándonos llevar por la memoria, la literatura, el cine y la música (de The Beatles que nos llega sin quererlo y nos traslada al pasado más vital y apasionado)



Jonny Greenwood - Naoko ga shinda






1 comentario:

  1. una vez mas el tandem CTC-Grooveshark en esta mañana de lluvia

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