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sábado, 13 de agosto de 2011

Momo Sampler

Por estos días se cumplieron 10 años de la última aparición vital de Patricio Rey. Casi todos los suplementos de espectáculos y culturales de diarios y revistas hablaron del tema. Pero, de las que leí, solamente una nota me pareció muy buena al respecto. La pueden leer en la web de Página 12, salió publicada en el suplemento Radar del domingo pasado y la escribió Mariano del Mazo. Lejos, de lo más destacado entre la runfla de periodistas que escriben sobre eso_antes_llamado_rock.





























Me cuesta pensar que el último disco de la banda psicodélica en sus primeros años, under (but not underclass) en los ’80, revienta estadios en los primeros ’90 e itinerante en su último estertor haya sido Momo Sampler. Algunos, y lo comentábamos por esos días (algunos se acordarán de que lo comentábamos, otros no se acuerdan nada de esos días), nos habíamos despedido en el disco anterior. No porque haya dejado de gustarnos y toda esa crítica estúpida que se les hacía por esos días a las máquinas -torpemente- utilizadas y a un disco de Los Redondos que tenía ¡¡en su propio nombre!! la palabra maldita sampler. No, para nada, eso era lo que más nos gustaba. La aventura de ir viento en contra de lo que el adormecimiento del rock pedía y viento a favor de la historia cultural y musical que avasallaba somnolencias. El hecho por el cual el disco anterior nos saludaba eran los demasiados símbolos de despedida: se tomaban el último bondi, el último tema de ese último bondi, loneytoonamente, se llamaba Es to-to-todo amigos!, atesoraban un gualicho de olvidar cuando la búsqueda los dirigía hacia nuevos placeres. Y por si fuera poco lo presentan en Racing con un video pre-recital que era más una biografía casi autorizada en formato comic futurista con aires de despedida de aquello que ya no es, que un simple video de presentación. Patricio Rey se estaba yendo en ese disco. Y será el destino que quizás no quiso que se fueran en ese disco, pero ese video de presentación-despedida, justo ese video, al menos en lo poco que públicamente se sabe, fue el que selló la despedida.
Quizás que Momo haya sido el personaje principal, entre tantos otros borders personajes de ese cuento-tragedia que contaba cada disco, era la subversión necesaria de la vida. Patricio, ya no era Rey, prefería darle el poder a las masas. Quizás por una sola noche, por cada noche en que se barajaban las cartas sobre la mesa. Las masas tuvieron el poder, coparon el viaje itinerante y el monarca no lo soportó. Se vistió de Momo, los condenó a ocupar la cartelera y se pegó el balazo. Quizás. La forma humana trasvestida en misa cómica. Trágica. Y una frase de Apuleyo que ladra Te prometemos que en la alegría y la risa del festival nadie osará dar una interpretación siniestra a tu repentina vuelta a la forma humana como epígrafe del disco. La forma humana, que en el primero de los discos, Gulp!, se había perdido. En el último vuelve, pero ya en carnaval, en murga, en emulación y subversión. Con la muerte de su deformador.
Hace 10 años presentaban Momo Sampler, el primer disco de la era que ya no era de Patricio Rey, y era el balazo en la sien que Patricio Rey se daba para que los que quedaban pudieran enfrentar nuevos placeres. Y como dice, genialmente, Mariano del Mazo, lo mejor que puede pasar es que jamás ocurra una reunión. Sería sobre la tumba de Patricio Rey.

Maridajes

Cuándo: a 10 años del balazo

Dónde: en el templo de Momo

Cómo: en una apuesta por la mutación, por el cambio, por nuevos placeres


Patricio Rey y los Redonditos de Ricota - La murga de la virgencita








sábado, 9 de abril de 2011

¡Bang! ¡Bang!... Estás liquidado

Hace ya bastante en un post de un disco de Charly García habíamos hablado de un programa de radio que trasmitía la primera FM de mi pueblo hace ya más de 2 décadas. Relacionado a ello, pudimos hablar de la memoria involuntaria. También en otro post que ya parece lejano de un disco de Spinetta les comenté que no nos íbamos a quedar solamente con esos 2 discos sino que había 2 discos más que me llevan hasta aquel momento. Este es otro y les debo uno.
De la memoria involuntaria pudimos viajar hasta los aromas que nos representan al pasado en imágenes tan nítidas y reales como las que nuestros sentidos nos muestran del presente. Quizás bastante más nítidas y reales que las que nos presentan los diarios todos los días. Esta chicana mediática se ubica acá porque por aquellos tiempos ese pequeño preadolescente futuro enfermito compraba o pedía que compraran todos los viernes un diario que hoy es cada vez menos grande, que por aquellas épocas no era evidente en su editorial o al menos ese preadolescente ni cerca pasaba de andar viendo esas cosas. La cuestión es que todos los viernes había empezado a salir (formalmente me podrían decir que aún hoy sale, pero les juro que eso que sale los viernes de este momento no es lo mismo que aquello, no es lo mismo por mí pero también no lo es por sí mismo) el suplemento joven del diario. Donde se escribía sobre rock, brillos y decadencias, culturas jóvenes y mucho de eso que uno empezaba a aprender a llamar under. Por esa época en el suplemento Sí escribían entre otros Febre, Rosso (no Stanley, Alfredo claro), Fernando García y estaba siempre presente la maravillosa columna Buenos Aires me mata de Laura Ramos.














Hace unas semanas Juan durmió un par de noches en la casa de su abuela, casa que era la que albergaba mis noches de escuchas estivales (yo recuerdo las de verano, imagino que habrá habido otras) de músicas que el programa En mi cuarto -en la primera FM de mi pueblo- me acercaba mientras yo disfrutaba de la oscuridad en mi cuarto. Dos anécdotas se dieron con la estadía de Juan, una fue que apenas lo vi me dijo “mirá lo que me compré” mientras me mostraba en sus manos el disco ¡Bang! ¡Bang!... Estás liquidado, reeditado en formato CD. Inmediatamente se me vino a la mente mi viejo cassette del mismo disco, que arrancaba el lado B con Nadie es perfecto, hoy quinta canción de un continuo de nueve y que en el tamaño de su tapa casi ni llegaba a distinguirse el Goya intervenido. La otra situación fue que Juan me contó que encontró en un cajón una gran colección de suplementos Sí de aquellas gloriosas épocas que yo aún no volví a ver, pero que imagino de páginas amarillas, algo húmedas y con olor a historia y a bonitas noches de verano en mi cuarto. Juan hoy tiene algunos meses más de la edad que tenía yo en aquel momento, pero no tiene la suerte de leer a Laura Ramos en el devaluadísimo Sí actual, de imaginarse eso lejano que sería el Parakultural, el under musical y teatral con sueños de algún día conocerlo, ni tampoco de escuchar la novedad de Bang Bang. Tiene otras suertes, muchas, muchísimas, que la filosofía de la historia y el tiempo -siempre el tiempo- le brindan.
Al escuchar Bang Bang hoy se me presentan dos fuertes significancias: por un lado, aquel recuerdo de olores estivales, espíritu preadolescente, lecturas deseosas y casi compulsivas y noches oscuras de escuchas radiales; por otra parte, la mirada -u oído- actual, que no puedo creer al escuchar que haya quedado el zumbido de las válvulas del Marshall de Skay cuando se enciende la luz roja del estudio de grabación y antes del primer contacto de la púa con las cuerdas en La Parabellum del buen psicópata, o el cuarto golpe de palitos de Sidotti con el que marca el tempo en el arranque de Esa estrella era mi lujo y que también quedó -hoy pensamos, increíblemente- dentro del disco.
Por otro lado, además de todo eso dicho antes, Bang Bang es un discazo, es el disco más rabioso y rockero de los Redondos y con 9 canciones dignísimas de un lugar en el Olimpo del rock argentino. Es el abandono por parte de la banda del sonido de los ’80 y el primer paso a la entrada a los ’90 que completarían con La mosca y la sopa.
Hoy podría elegir escuchar Un Pacman en el Savoy, Nuestro amo juega al esclavo o el cocainómano Rock para los dientes, que se me presentan reactualizados en sonido y estilo, pero sin embargo prefiero seleccionar para escuchar aquella canción que en 1989 me hacía alucinar con su extraño solo de guitarra (que en realidad lo que me llamaba la atención del solo de La Parabellum, creo hoy, es que la canción entera se detenía y que la secuencia de acordes variaba absolutamente haciendo una canción dentro de otra canción, y en mi preadolescencia eso que no distinguía qué era exactamente se me presentaba como un universo de sensaciones desconocido y maravilloso, además de la precisión y hermoso gusto de Skay, claro).
Maridajes
Cuando: un día hermoso
Dónde: en el Savoy
Cómo: con un heroico Whisky


Patricio Rey y los Redonditos de Ricota - La Parabellum del buen psicópata